Carmen García indaga en los modos en que una voz femenina es transfigurada por el paisaje. Ella escucha sus murmullos y escribe porque teme la desaparición de su lenguaje. Lo hace para salvar todo, atesorándolo mientras dibuja las siluetas de lo que era invisible y que ahora, revelado a la luz de la memoria, se presenta frágil y peligroso. Todo: la isla, la ciudad, la mujer y sus muertos. La literatura entonces sirve acá para iluminar los fotogramas de lo perdido, para componer la narrativa de unas sombras que se niegan a ser tales. Son los apuntes de un mundo que se esfuma entre imágenes espectrales. Lo que queda es el fantasma que habita en el poema. Álvaro Bisama